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Javier Castillo: “las mujeres leen mucho más que los hombres”

El 'noir' alcanza cifras espectaculares en la edición de libros, tanto en España como fuera de ella: el género negro se revitaliza en las primeras décadas del siglo XXI

Javier Castillo
Javier Castillo

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 04.03.2018 
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A pesar de su juventud, ha trabajado como consultor económico. En concreto, su trabajo, dice, consistía en fusionar empresas. Pero debajo de esa actividad, Javier Castillo llevaba su segunda vida de escritor. Cada día tomaba el tren entre Málaga y Fuengirola y buscaba el mismo asiento, la misma posición. Si no estaba libre, era el síntoma de un pequeño fracaso. Y allí, en infinitos viajes, su literatura iba tomando formas caprichosas. Lejos de los cánones del género negro, más a caballo de la fantasía y el thriller, Castillo logró armar un andamiaje literario complejo, quizás inesperado, que atrajo irremediablemente a muchos. Creyó que tendría que buscar a los lectores con tesón, como suele ocurrir, y por eso colgó su primera novela, ‘El día que se perdió la cordura’, en Amazon. Y ahí empezó todo. Su éxito se disparó de tal forma que ni él mismo podía entenderlo: las colas se acumulaban en el entorno de la Puerta del Sol, en tardes de firma. Sin duda, había tocado una tecla especial. O poseía, incluso sin saberlo, una receta que nadie había cocinado con los ingredientes exactos hasta ahora. Hoy, Javier Castillo es un auténtico fenómeno literario. ‘El día que se perdió el amor’ acaba de ver la luz en Suma de Letras. Como Ferrari (aunque muy distinto a él) llegó de las afueras de la literatura para plantarse en ella de forma definitiva. 

P.- ¿Cómo se despierta alguien que un buen día ha hecho una autoedición de ‘El día que se perdió la cordura’, esperando abrirse camino en la literatura, y, de pronto, descubre que su éxito es masivo?
R.- Te lo puedes imaginar. Aquello sí que fue una locura. Llegué a pensar que los datos estaban equivocados. Entraba y veía que se vendían mil, dos mil, tres mil, que aquello no paraba de aumentar. Me dije: esto no pasa una vez en la vida, sino una vez en cincuenta vidas. Fue una sorpresa absoluta. Sólo me autopubliqué porque no estaba dispuesto a esperar un año o más para obtener una respuesta editorial. Así que, aún sorprendido, intento disfrutarlo. Y, sobre todo, intento que no se detenga (risas).

P.- Son curiosos los caminos de la literatura y las sorpresas que hoy en día puede proporcionar el mercado. Creo que todo escritor interesante acaba publicando, que al final logra abrirse camino. Pero quizás tú hubieras tardado mucho más tiempo, y quizás tu éxito hubiera sido controlado. Seguramente ni tú mismo sabes qué ingredientes hacen que tu literatura impactara en los lectores de este modo. Sobre todo, si consideramos que tus novelas son largas, complejas (aunque tengan un lenguaje bastante directo). Quiero decir que tu fenómeno no es asimilable a cierto tipo de literatura, sobre todo de consumo adolescente, que también alcanza muy buenas cifras de ventas. Es otra cosa.
R.- No, la verdad es que son novelas con muchos giros en la trama, con situaciones inesperadas. Es literatura negra lo que yo hago, desde luego, pero con otros aditamentos. Esa mezcla que tiene mucho de fantástico, y de otras cosas, es la que origina quizás la curiosidad sobre estos textos. Pienso que en realidad utilizo una mezcla de géneros.

P.- Muchas lectoras. Más que lectores masculinos.
R.- No es por ninguna razón. Es pura estadística. Las mujeres leen mucho más que los hombres. Al menos en este país. Muchísimo más. Yo creo que el ochenta y cinco por ciento de los libros que se venden en España los compran mujeres.

P.- Tú si eres de los que han escrito siempre.
R.- Yo sí. Leía mucho y uno escribe intentando parecerse a lo que le gusta leer. No enseñaba mis textos en casa, pero me dedicaba a hacer historias cortas, siempre con el suspense como algo fundamental. Y con muchos giros en la trama. Ya lo hacía entonces. Aunque la historia fuera muy breve, lo que quería es que sucediera algo muy alejado de lo que un hipotético lector pudiera pensar. Me gustaba leer a Stephen King. Y mucho más, a Chandler (con dieciocho años, estaba enganchadísimo). Pero en realidad adoraba a Agatha Christie. No me importa que no tenga la reputación literaria que se merece. Es la que más ha hecho por la lectura, estoy seguro.

P.- Fuiste un lector compulsivo, y, sin embargo, no estudiaste nada relacionado con la literatura en la universidad.
R.- No. Es que se me daban muy bien las matemáticas. Y además yo tengo un lado pragmático que no puedo evitar. Pensé que era mejor estudiar economía, pero también sabía que acabaría escribiendo. No me parece incompatible. Pero sé bien que, si hubiera estudiado, no sé, quizás Humanidades, ahora sería un escritor probablemente distinto. Bueno, tal vez.

P.- Así que te hiciste escritor en el tren.
R.- Sí, en esa hora y media que me llevaba ir y volver de Fuengirola a Málaga. Me sentaba siempre en el mismo rincón. Tardé como un año en construir la novela. Era el único momento libre que tenía en todo el día, porque la consultoría me ocupaba realmente todo el tiempo. Recuerdo que usaba una persona para escribir sobre Steven. Esperaba que llegase a su parada para mirarlo y decir… “ok, las manos gruesas… etc”. Quizás un día se dé cuenta (risas).

P.- La verdad es que el tren siempre ha estado muy asociado a la literatura. Por no hablar de la propia Agatha Christie, claro está. He llegado a la conclusión de que no es fácil hablar de tu literatura, porque no es novela negra en estado puro. No sé si ya hay novela negra en estado puro. Pero reconocerás que el género goza de una salud excelente, a juzgar por lo que se publica y por los escritores relevantes que todos conocemos (de Lorenzo Silva a Giménez Bartlett, o de Víctor del Árbol a Berna G. Harbour, por citar sólo a unos pocos. Padura acaba de venir estos días por aquí con su detective, Mario Conde…). Además, tú escribes policiaco, ‘thriller’, pero abiertamente alejado de la tradición española (Montalbán, y así). Lo tuyo es ‘thriller’ muy norteamericano, si podemos calificarlo de alguna manera.
R.- Me gusta el libro que tienes que leerlo de un tirón sin poder abandonarlo ni hacer otra cosa. Yo leo novela norteamericana, directamente en inglés, y me gusta que me ocurran esas cosas. Y es lo que yo trato de hacer. Un ritmo alto durante todo el viaje literario, todos los platillos sonando a la vez.

P. Quizás has aprendido todo esto de leer novela negra en inglés, algo que ya nos señala que estamos ante una nueva época, porque, fuera de especialistas, no se leía hace años en inglés, por regla general.
R.- Las traducciones suelen ser muy buenas. Las de King, desde luego. Pero su música está ahí. Eso suena cuando lo lees en el original, obviamente. Y no es algo menor. Antes escuché que mencionabas a James Ellroy [que acaba de estar en Barcelona Negra]. Es otro ejemplo perfecto de genialidad, de alguien que puede hacer lo que quiere y como quiere. Y que le sale redondo. Brutal.

P.- Bueno, lo entrevistamos aquí hace un par de años. Me dijo que odiaba los móviles y que amaba la gasolina.
R. (Risas). Es muy bueno llamando la atención. Eso también cuenta. Yo tengo gustos variados, y necesito un ritmo frenético. Todo te influye. El filón nórdico creo que está sobreexplotado. La gente lo ve como algo leído. Pero Larsson es Larsson, claro. Quizás se publicó demasiado.

P.- ¿Cómo escribes? Eres muy joven… y has dicho que eres muy práctico.
R.- Sobre esto tengo mi teoría. Hay escritores que primero buscan el escenario, también diseñan los personajes y luego se inventan la historia. Yo necesito la historia primero. La trama. Los personajes y el escenario vienen después. Elijo el sitio en función del argumento, porque, si no lo haces, acabas condicionado por la ubicación.

P.- Lo que me maravilla es que todos estos escenarios oscuros, neogóticos, tan norteamericanos, tan urbanos, tan de realismo sucio, estos escenarios frenéticos, con decapitaciones, con conexiones inauditas y laberínticas, se hayan creado bajo la luz perfecta y el cielo azul de Málaga.
R.- Me ponía auriculares y me aislaba. Escuchaba música clásica solamente. Pero con ritmo. Con ritmo endiablado. Escribía con la emoción de la música dentro.

P.- Has titulado las dos novelas con la misma estructura y has mantenido muchos de los personajes.
R.- Claro. Si tienes éxito, no debes variar. Yo quería vincular las dos novelas, aunque en realidad iba a ser una trilogía. ‘El día que se perdió el amor’ incluye dos novelas unidas, porque he preferido no estirarlo más. La locura, o la cordura, y el amor, son los dos grandes temas de esta obra. Creo que el final de esta segunda entrega es mejor, porque lo cambia todo. Como a mi me gusta. Hay encuentros, la gente se cruza, se reconoce, aparece y desaparece. Es mi forma de escribir: hago mucha limpia, sin embargo, una vez que acabo la primera versión. Reduzco muchísimo el volumen de palabras. No suelo hacer largas descripciones. El lector tiene que imaginarse cosas. No quiero que nadie se aburra. Ni un segundo.